Lo que comen los niños en sus primeros años podría influir en su inteligencia durante la adolescencia

01.09.2026

Un análisis de 73 estudios concluye que una dieta pobre en la primera infancia se asocia con peores resultados cognitivos años después.

Hay ideas que la ciencia no deja de confirmar, pero que aún así seguimos subestimando. Una de ellas es que el cerebro no se improvisa. Se construye. Y lo hace muy pronto, cuando el niño apenas empieza a explorar el mundo. Precisamente ahí, en esos primeros años aparentemente caóticos, podría estar jugándose una parte importante de su futuro cognitivo.

Una gran revisión científica publicada en la revista Advances in Nutrition ha reunido 73 estudios para analizar cómo influye la dieta en el rendimiento cognitivo y académico entre los 8 y los 19 años. ¿La conclusión? Una alimentación deficiente durante los primeros años de vida, especialmente en la infancia, se asocia con menores puntuaciones de inteligencia en la adolescencia, incluso después de ajustar factores como ingresos familiares, nivel educativo de los padres y otras variables que suelen enturbiar este tipo de hallazgos.

La revisión, liderada por la psicóloga Hayley Young, de la Universidad de Swansea en Gales, pone el foco en una ventana biológica muy concreta: los tres primeros años de vida. En esa etapa, el cerebro avanza a una velocidad asombrosa; se multiplican las conexiones entre neuronas, se refuerzan circuitos y se forma la mielina, esa capa aislante que acelera la transmisión de impulsos nerviosos. Todo ese trabajo de ingeniería biológica exige materiales. Y esos materiales llegan, en buena parte, a través de la alimentación.

El cerebro necesita un suministro continuo y equilibrado de piezas: hierro, yodo, colina, vitamina D, ácidos grasos, cereales integrales y otros compuestos que intervienen en procesos distintos, pero complementarios. Cuando faltan estos nutrientes en etapas clave, el daño no siempre es visible de inmediato. A veces aparece años más tarde, cuando se evalúan capacidades como la memoria, la atención, el razonamiento o el cociente intelectual.

Eso es precisamente lo que ha llamado la atención de los resultados de esta revisión. Según los datos, los efectos de una mala dieta temprana pueden ser silenciosos al principio y, sin embargo, dejar huella mucho tiempo después.

Conclusiones

Los autores concluyen que las dietas poco saludables en los primeros años de vida se vinculan con peores resultados de inteligencia en la adolescencia. Y lo hacen con una advertencia importante: no basta con mirar qué come un niño hoy; hay que pensar el desarrollo cerebral como una historia larga, acumulativa, en la que cada etapa se construye sobre la anterior. En otras palabras: el cerebro adolescente no parte de cero. Llega a la pubertad con unos cimientos ya colocados.

Antes de que un niño sepa leer, su cerebro ya ha estado tomando notas de todo (también de los nutrientes disponibles). La primera infancia no solo moldea el cuerpo; también establece el punto de partida del potencial cognitivo. Entre los nutrientes más estudiados destaca el hierro, cuya deficiencia se ha relacionado desde hace años con consecuencias duraderas sobre pensamiento y conducta. Pero el cerebro necesita un compendio de ingredientes y no solo uno. Es como una ciudad que necesita carreteras, energía, materiales... Por eso los investigadores piden dejar atrás visiones reduccionistas y avanzar hacia un enfoque más realista: estudiar dietas completas, biomarcadores válidos y contextos de vida concretos.

¿Compensar una mala alimentación temprana?

La adolescencia es una etapa de enorme plasticidad cerebral, ya que la pubertad desencadena una reorganización profunda del cerebro donde algunas conexiones se podan, otras se fortalecen y cambian muchas dinámicas reguladas por hormonas. Eso ha llevado a algunos científicos a plantear si esta fase podría funcionar como una segunda ventana de oportunidad para mejorar el rendimiento cognitivo mediante la nutrición. La respuesta, por ahora, es que todavía no lo sabemos con claridad.

Los ensayos realizados en adolescentes ofrecen resultados mixtos. Algunos sugieren beneficios cognitivos o académicos tras ciertas intervenciones dietéticas; otros apenas encuentran efectos. Pero los autores creen que esa inconsistencia no demuestra que la dieta deje de importar en la adolescencia, sino que muchos estudios están mal alineados con la biología real del desarrollo. Pero mientras la ciencia afina sus herramientas, el mensaje es claro por parte de los expertos: hay que alimentar bien a un niño pequeño como inversión para el desarrollo de su cerebro a largo plazo.

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