Beber agua fría para hidratarnos no es la opción más eficaz, aunque lo parezca

26.08.2026

Con la subida de las temperaturas y el calor buscamos opciones que nos refresquen y nos hidraten, pero no siempre optamos por lo mejor. Hablamos con un experto para que nos explique qué es mejor y qué nos indica que podemos estar deshidratado.

En verano, con la subida de las temperaturas y el calor, solemos buscar la mejor fórmula para refrescarnos pero no siempre elegimos la más acertada. Hablamos con Xabier Ramírez de la Piscina, dietista y bioquímico de Fit Generation, para que nos explique, con base científica, las dudas más habituales sobre hidratación en estas fechas.

En primer lugar, el experto responde a lo que todos sabemos: que el agua sigue siendo la bebida más refrescante que existe. "El agua es, sin discusión, la bebida más eficaz para refrescar e hidratar el organismo", indica. "No contiene azúcares ni alcohol que interfieran en su absorción, no aporta calorías y su composición es la que el cuerpo necesita reponer cuando suda". Ninguna otra bebida "iguala esta combinación de rapidez de absorción y ausencia de interferencias metabólicas".

Otras opciones como los zumos no ayudan a hidratar, es más, "incluso sin azúcares añadidos, contienen de forma natural una cantidad considerable de azúcares simples (fructosa principalmente) provenientes de la propia fruta" y esto tiene dos implicaciones.

Por un lado, "el aporte calórico no es despreciable si se consume en cantidad y, por otro, los líquidos con alta concentración de azúcares simples pueden ralentizar el vaciado gástrico y, en consecuencia, retrasar ligeramente la absorción de agua en comparación con el agua sola".

Dicho esto, no son una mala opción de forma puntual ya que "aportan vitaminas, algunos minerales y compuestos fenólicos con interés nutricional, y contribuyen al aporte hídrico total". El problema, explica, "surge cuando sustituyen sistemáticamente al agua como bebida principal por los zumos". Como hidratante de elección frente al calor intenso, "el agua sigue siendo superior, pero es cierto que el zumo natural puede ser un complemento ocasional, nunca un sustituto".

Cómo podemos saber que estamos hidratados

Tener más o menos sed no es un buen indicador para saber si estamos bien o mal hidratado, sobre todo, en verano. Como informa Ramírez de la Piscina, "el indicador más práctico y accesible es el color de la orina". Un tono "amarillo pálido, similar a la limonada clara, suele indicar un estado de hidratación adecuado pero tonos más oscuros, como el ámbar, sugieren que hay que beber más, mientras que una orina completamente transparente puede indicar incluso una ingesta excesiva de líquido", explica en detalle.

Otros marcadores complementarios incluyen la sed, aunque, este "es un indicador tardío, especialmente en personas mayores, cuyo mecanismo de sed se atenúa con la edad". También lo es "la frecuencia de micción, el peso corporal antes y después del ejercicio por la pérdida de peso aguda en sesiones de actividad física que suele reflejar pérdida de agua, y signos como sequedad de mucosas o mareo, que aparecen en deshidrataciones ya más significativas".

Es importante señalar que "ninguno de estos métodos es perfecto de forma aislada", pero, añade, "combinados entre sí, ofrecen una buena estimación sin necesidad de pruebas de laboratorio".

La temperatura ideal

Una de las preguntas más habituales en relación a la hidratación está relacionada con la temperatura del agua. La mayoría de la gente cree que, cuando tenemos mucha sed, beber el agua fría o muy fría, incluso helada, en verano es mejor que hacerlo a temperatura ambiente o, incluso, templada o caliente. ¿Qué hay de cierto?

Aquí, indica Ramírez de la Piscina, "existe una paradoja fisiológica interesante y es que, el agua muy fría no es la opción más eficaz, aunque lo parezca". Cuando bebemos líquido helado, "el cuerpo reacciona con una vasoconstricción periférica. es decir, con el estrechamiento de los vasos sanguíneos de la piel, para minimizar la pérdida de calor hacia ese líquido frío recién ingerido, lo que retrasa la disipación del calor corporal". Además, añade, "el frío intenso ralentiza el vaciado gástrico, por lo que el agua tarda más en absorberse".

Por eso, la mejor opción es beber el agua templada o algo fresca, pero no muy fría. Como explica, "el agua templada o fresca (entre 10 y 15 °C aproximadamente) se absorbe con mayor rapidez y no provoca esa respuesta vasoconstrictora, favoreciendo una hidratación más eficiente".

Esto no significa que "el agua fría siente mal o sea perjudicial puntualmente, ya que la sensación de frescor inmediata tiene un componente psicológico de bienestar nada despreciable, pero si el objetivo es hidratarse de forma óptima durante un esfuerzo o una ola de calor, el agua fresca (no helada) es fisiológicamente la opción más eficiente", concluye.

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